Confiamos en la educación

Desde niños los padres inculcan a sus hijos valores, preceptos y creencias, para intentar que seamos personas de bien, íntegras, independientes, autosuficientes, en fin, buscan desarrollar en sus hijos virtudes y características que los ayuden, de acuerdo a las propias creencias de los padres, a salir adelante en la vida para ser felices.

Una de esas creencias que tenemos algunos padres, es que la educación es muy relevante, si bien los efectos, o mejor dicho los resultados, del proceso educativo en los hijos no se verá sino hasta años después, de alguna forma confiamos en que será de gran utilidad para ellos que reciban la “mejor educación” posible.

Así que, desde niños, algunas personas otorgamos de una manera u otra, un valor relevante a la educación, y debo reconocer que en ocasiones nos desviamos y le damos más valor a un papel, sea un certificado, diploma o similar, que al propio aprendizaje del conocimiento o de las habilidades o competencias que pretende generar dicha educación.

Algunos de mis clientes, que si bien pueden enfocarse muy bien en su meta, llegan a identificar “falta de preparación” como parte de la brecha para lograr un objetivo, e inmediatamente surge en la conversación la idea de estudiar, de hacer un diplomado, una maestría o incluso o un doctorado, lo que confirma esta creencia que traemos desde niños en la educación, sólo que ahora ya se trata de una decisión propia en dónde ya no haya papás que influyan en la decisión.

Por lo que es importante profundizar en la pertinencia de entrar a un proceso educativo para el logro de la meta, pues si bien pueden darse casos que el grado de estudios sea un requisito sine qua non para acceder a una posición deseada o planeada como objetivo, también es fácil que le demos demasiada importancia a un papel, o a qué alguien más nos “califique” o “certifique” para que tengamos la confianza de emprender.

Y es justo en materia de emprendimiento, dónde el tiempo es un factor clave para revalorar la pertinencia de entrar a un proceso que puede durar años, cuando en realidad lo que podría estar haciendo falta es mayor conocimiento de uno mismo, de mis habilidades y capacidades para, por ejemplo, vender, promover, proponer, crear, innovar, en fin…

Lo que un cliente puede aprender con un proceso de Coaching son las habilidades que realmente necesita, y sobre todo, puede aprender más de si mismo, de que es capaz y que tiene que ver más con sus creencias que con su preparación, con reconocer su potencial aun y cuándo muy probablemente, si no se ha atrevido a pasar a la acción, no se ha dado cuenta de lo que tiene.

Así que el Coaching puede abrir una puerta a otro tipo de educación a la que no estamos acostumbrados, pues hay que mirar en nuestro interior, aprender a reconocer nuestras emociones, nuestro diálogo interno, cuáles son verdaderas limitantes y cuales creencias simplemente nos están cuartando la capacidad de hacer; aprender a despertar nuestros talentos, a aprovechar los recursos con los que ya contamos, y que nos podrán brindar el impulso, junto con nuestra energía que nace del interior.

Entonces, si de niños yendo a la escuela nos preparamos para la vida adulta, con el Coaching nos preparamos para vivir a plenitud nuestra vida adulta. Si has sido capaz de conocer el mundo, serás capaz de conocerte a profundidad a ti mismo.

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